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Inés Calcumil Delgado

Textilería

“Cuando comencé a hacer piezas grandes, como alfombras o prendas de vestir, un día escuché a mi hija decirle a un cliente: ‘todos estos tejidos que usted ve aquí, son una obra de arte’”.

Tenía siete años cuando mi mamá comenzó a encargarnos, a mi hermana y a mí, hacer un fuego adelante y atrás de su telar. En ese tiempo no teníamos luz eléctrica, así que a punta de fuego mi mamá alumbraba sus tejidos. Y mientras me ocupaba de mantener el fuego encendido, observaba de inicio a fin el proceso de entramado, que ella hacía con la lana que nosotras hilábamos y lavábamos, primero con agua caliente y luego en el estero que había a un costado de nuestra casa. De ella aprendí que para teñir la fibra, bienvenida era la piel de la cebolla y las hojas de eucalipto y radal. Que para fijar las tinturas no había como el vinagre y la sal. Que cuando la lana obtenía el color, siempre había que dejarla enfriar, para luego lavarla, una y otra vez, hasta que el agua saliera transparente. Y que lo mejor era secarla al aire libre, solo por la brisa del viento. Cruzando una hebra con otra, encima del telar, al otro lado del fuego, vi a mi madre urdir, de la misma forma en la que hoy urdo yo para crear ponchos, ruanas, murales, pieceras y cojines.

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